LA VIDA DE ISABEL

El día de Isa amanece a las 6. Toma su desayuno mientras prepara las tostadas y el café del resto. Despierta a Juan, lo levanta, lo viste, lo lleva al baño, lo asea y lo deja sólo un rato mientras termina de hacer sus cosas.

“Pues no sé, son unos sentimientos muy contradictorios porque, por una parte, Juan es mi padre y ha pasado mucho en la vida para sacarnos adelante a mis hermanos y a mi; y ahora, lo ves tan mayor, tan vulnerable que te genera muchos sentimientos compasivos. Pero, por otra parte, está la ambivalencia de enfrentarte a la dependencia, a la vejez… te dan ganas de salir corriendo y hacer todo lo contrario. Te pones en la obligación porque es tu padre y lo tienes que atender, pero hay una parte de ti que no quiere hacerlo… quieres salir corriendo. Y eso te hace sentir mal también.”

Vuelve de la compra, cargada de bolsas. Siempre rastrea los mejores precios y conoce a los mejores proveedores.  Prepara la comida para toda la familia y, entre guisos, termina de recoger los cuartos, separa la ropa sucia, pone una lavadora y aliña la ensalada. Todo está listo para cuando Antonio llega a casa. Así no hay retrasos y podrá estar de vuelta en el trabajo para las 16h en punto.

“Me casé con Antonio muy joven porque nos conocemos desde que éramos niños. Llevamos toda la vida juntos y siempre nos hemos querido y él me ha tratado siempre bien. Lo que pasa es que las niñas nacieron cuando yo era muy joven y hemos vivido en varias ciudades… yo detrás del trabajo de él, que siempre ha tenido un buen trabajo. A mi me salieron algunos trabajos temporales, pero los tuve que dejar por incompatibilidad con el cuidado de mi familia. Luego mi padre enfermó y como no tengo hermanas -sólo tengo hermanos- pues se vino a casa y se nos ha complicado más la vida.

Él viene muy tarde de trabajar, cansado, pero mi jornada no termina nunca. Y no sé si él valora bien todo el esfuerzo que yo hago por cuidarlos a todos y para que todos puedan llevar a cabo sus proyectos de vida.

Algunas veces pienso, ¿si hubiera podido elegir otro tipo de vida? No sé, tener otros proyectos, haber podido elegir otra manera de vivir… porque algunas veces me veo como atrapada en esto.”

Recoge, friega, tiende, barre, riega y ya está su hija Inma de vuelta.

“¿Inma? Inma es un tesoro. No sé que haría yo sin ella… aunque no me gustaría que tuviera la vida que yo he tenido, me gustaría para ella otro tipo de futuro.”

Al final de la tarde, saca un rato para sentarse en el sofá, coge una revista y descubre un fragmento que habla de los cuidados, con los que se siente profundamente identificada

”Yo defiendo lo leve, lo menor. Es mi trabajo – dicen mis versos favoritos. Quiero abordar el viaje largo, la mano tendida en el trance, pero también y sobre todo el vuelo doméstico, lo común, en el sentido más vasto del término, en la totalidad de sus acepciones. Adviértase cómo el cuidado que ejerce el hombre tradicionalmente se llama protección, y pareciera ser grande y, tantas veces, publicado. Adviértase cómo el cuidado que ejerce la mujer ha sido privado, leve, menor. De tapiz en el arca. Sostenedor del todo, pero invisible, como los puntos del envés del bordado del que Penélope algunas noches, mientras lo hace, reniega y con motivos. Sólo si el quehacer de Penélope se convierte en público, se celebra. La épica de los cotidiano pareciera oxímoron, cuando por el contrario es territorio amplísimo de detonaciones hacia dentro, de minucias tiránicas”

Últimamente a Isabel le pesa todo más. Un leve desánimo, un nudo en el estómago, pesadez en los ojos… Será por nada en especial o por todo en particular. Quizás es que nunca se observó del todo y ahora le ha dado por detenerse. ¿El hombro? ¿Mi hermana que murió del colon por algo que se hereda? Quizás sea el momento de consultar y que me “miren”. 

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